
Hay dos tipos de personas en Semana Santa:
*Los que reflexionan… y los que reservan en la playa desde enero.
Porque seamos honestos: en teoría, esta es la semana de la introspección, el recogimiento espiritual y la conexión divina. En la práctica, es el momento perfecto para preguntarte si tu traje de baño del año pasado todavía cierra… o si ya es hora de aceptar tu destino y usar camiseta dentro del mar.
El ayuno… pero de carne roja (y no de alcohol)
La tradición dice que no se come carne roja.
La realidad dice: “¿unos taquitos de camarón y una cerveza bien fría cuentan como sacrificio?”
De pronto, todos somos expertos en mariscos. El atún en lata se vuelve gourmet, la mojarra frita es religión y alguien siempre dice: “esto es más sano”, mientras pide la tercera michelada.
El viacrucis… pero en la carretera
Antes se hablaba del sufrimiento de Jesucristo.
Hoy el verdadero viacrucis es salir de la ciudad un jueves a las 6 pm.
Horas atrapado en el tráfico, con el aire acondicionado dudando de su propósito de vida y un copiloto diciendo:
“ya merito llegamos”
desde hace tres horas.
Ese sí es un acto de fe.
La reflexión profunda (pero en stories)
Hay quienes aprovechan para desconectarse…
y hay quienes suben 47 historias en Instagram con frases tipo:
• “Sanando en el mar 🌊”
• “Renaciendo ✨”
• “Modo espiritual activado… con margarita en mano”
Porque nada dice paz interior como un reel con música de fondo y filtro dorado.

Las promesas que nunca cumplen
“Voy a aprovechar para pensar en mi vida.”
“Voy a dejar los excesos.”
“Voy a cambiar.”
Y el sábado ya estás en una fiesta diciendo:
“ya el lunes empiezo, lo juro”.
El domingo: resurrección… pero del cansancio
El cierre perfecto: vuelves más cansado de lo que te fuiste, con arena en lugares que no sabías que existían, y una deuda emocional (y bancaria) importante.
Pero eso sí: renovado… según tú.
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Amén, pero con bloqueador
Al final, Semana Santa es lo que cada quien quiera que sea:
una pausa espiritual, un pretexto para vacacionar o simplemente una excusa para sobrevivir al calor con dignidad.
Lo importante es encontrar ese balance entre el alma… y el after.
Porque si algo nos queda claro es esto:
uno puede perder el rumbo, pero jamás la oportunidad de pedir otra ronda.





